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PANC
Publicado: Miércoles, 18 de agosto de 2004

Gabriela


En Lutecia las calles estaban inundadas de la humedad penetrante del otoño. Gabriela se conformaba con ver pasar las hojas amarillas de los plátanos arrastradas por el agua, otras pegadas al balastro, hablaban de la resistencia al arrastre. Pensaba que esta historia era de cualquier tiempo, pero de ese tiempo que hubo ciudad, balastro y gente fabricando recuerdos. Gabriela se entretenía en eso y a veces en el vuelo de las gaviotas y en cerrar los ojos viendo estrellitas de colores. Aún conservaba la maravillosa propiedad de poder estar consigo misma. Se refugiaba en sus silencios y desde allí creaba sus armas invencibles que la defenderían de la agresión de todos los días. Los troncos de los plátanos no le gustaban, se parecían en color y textura a los uniformes de los milicos del paisito.

"Le recordaban a aquel coronel que la detuvo, que le destrozó la adolescencia, los sueños de un mundo mejor, el lomo a palo y la sexualidad compulsivamente. Ahora armaba rompecabezas en su imaginación como terapia. Ahora era otro coronel el que pagaba las copas, las de ellas y las de quienes se decían sus amigos. Unos cuantos bohemios de Lutecia que se refugiaban en el Lupanar a ejercitarse en el ejercicio de la discusión y a garronear el beberaje que el coronel pagaba sin protestar. En términos de leyes de mercado, Gabriela estaba más que buena. A ella no le interesaba, en realidad, pero era la única herramienta de sobrevivencia que tenía a mano. Aquí estaba en la Europa de post-guerra , que hablaba de derechos humanos, integración de etnias, democracia y libertad de comercio y desplazamiento de capitales, la jeringonza de la lucha estudiantil habían quedado lejanas, en un atrapado patio trasero de los centros de poder y recubiertos por doce años de dictadura militar. La familia atomizada y Miguel cayendo muerto en la puerta de Manzanares cuando la expropiación se fue al carajo. Allá hubo poco tiempo, hubo que aprenderlo todo rápidamente. Miguel fue el que la indujo, la deslumbró con su energía y del grupo de estudio a la acción fue cuestión de semanas. Aquí, hacerse "puta", no fue tan difícil. Y ahora Miguel se me aparece detrás de los plátanos, aquí en Lutecia, con su tiro en la espalda, con su mancha de sangre seca, con su sonrisa de Che Guevara y yo cierro los ojos escrachados de pintura de "puta" para ver otro otoño, el tiempo aquel donde las hojas de los plátanos se resistían, la ciudad era una aventura y nuestra juventud inmortal. El se aferra al tronco del árbol, se patina lentamente, y yo tiro volándole la cabeza a ese milico de mierda que al otro día iba a estar fotografiado en la prensa grande como ejemplar padre de familia, padre de cuatro niños modelos y marido de una señora, si bien humilde, de intachable moral cristiana. Y yo de puta acá en Lutecia. Y Miguel que me reclama desde la puerta de Manzanares algo que no entiendo. Luego la fuga, el de la camioneta achacada estaba despierto, se avivó y me sacó de raje. Miguel quedó entre ellos llevándose alguna patada que otra cuando el corazón guevariano ya había dejado de latir. Y nosotros que habíamos ido a "achacar" para estos giles que hoy aquí se me pegan y el coronel progresista, que se viste de civil, que tiene buenos modales y que solo se frunce cuando siente la palabra comunismo, nos paga las copas. A veces, Jorge el portero le explica: Con mi respeto coronel, los comunistas se entregaron sin pelear, ahora son capitalistas, tienen local abierto en Nueva York y hacen buena letra para que tío Sam no se enoje. Mi coronel astemio lo mira desaprensivamente y sin usar el recurso de las palabras hace llegar una energía vibrátil que Miguel interpreta a su manera. : - Para estos cerdos criados en la opulencia todos los pobres son comunistas . Cierro los ojos pienso en la venganza. La paulatina y larga venganza que están vinculadas al poder de mis caderas. Y él llora y se desespera y yo lo conozco como los otros no lo conocen . Los otros lo conocen como el coronel caza- comunista y pagador de whisky gracias a mi culo. Y me le encamo con el primer cliente despistado y hago como que me le pongo loca de amor y ofrezco el ciento diez por ciento de mis caderas. Y me levanto de la mesa y le digo al coronel :- Después te cuento. Y éste inmutable, cara de milico, acostumbrado a recibir y a dar ordenes taconea por debajo de la mesa. Y pienso en Miguel y cierro los ojos y veo estrellitas de colores, esta vez rojas y me hecho un polvo adolescente cuando Miguel me tocaba despacito y yo me calentaba al rojo vivo. Y después voy y le cuento al coronel, le cuento todo y a veces le miento. Y hay decoro, ética diplomática, embajada por medio. Y me pide que le deje hechar un polvo, como si él se estuviese cogiendo a los comunistas y yo me acuerdo del otro coronel cuando me capturaron en el enterradero. Me acuerdo de su mirada, cuando me hizo caminar ida y vuelta frente a mis compañeros, cuando me colocó la capucha y me dijo despacito en el oído : Yo se quien sos vos, si trabajás para mí lo de Manzanares queda quieto. Y yo no contesté, no le dije : Milico hijo de puta si pudiera te cortaba los genitales. Y me llevó de rehén y en la oficina del cuartel me daba alternativamente a mí y a su mujer. Y me decía: en pelotas, ida y vuelta y otras cosas que a la gente no le gusta oír. Y yo le digo a mi coronel ; ida y vuelta y le digo que soy comunista y le digo quizás te dejo hechar un polvo si se masturba a la altura de la ventana y este animal se sube a la ventana y se empieza a masajear. Y Miguel me dice con su cara de Guevara : no alcanza, sacále el arma y matálo. Y cierro los ojos y le digo a Miguel : aquí la juega de civil, no hay armas, no hay uniforme, hay whisky, silencio y ganas de morirse. Y el coronel apunto de acabarse, cierra los ojos se apoya en la ventana y yo lo empujo y cae en el vacío desde el cuarto piso de su departamento de agregado militar en esta Lutecia de hojas de otoño. Y Miguel que reclama por primera vez con voz nítida que lea la prensa matutina . Y yo que corro, contando estrellas, ya no como puta, como cuenta hojas, como cuenta otoños, como cuenta idas y vueltas y polvos a desganos si no como compañera soñando un mundo mejor, y corro y corro y me pierdo en la noche y llega el día y me tomo un capuchino y me como unos croasanes, y abro el diario y Miguel me sonríe y leo : Agregado militar de la representación diplomática de Firucia cayó al vacío desde su departamento ubicado en la zona céntrica de la capital. Las pesquisas no han arrojado pistas concretas, se conjetura que se podría estar frente a un suicidio sin descartar la presunción de que algún grupo terrorista haya protagonizado este hecho dada la inestabilidad política en el país del susodicho.

Héctor Díaz
Martes, 16 de Abril del 2002

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