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Publicado: Jueves, 10 de marzo de 2005

Y por qué no?. Parra al Nóbel


Ya hace semanas que el dossier que postula a Nicanor Parra al Nóbel de literatura debe haber llegado a la Academia Sueca. Este poeta chileno es, con Ernesto Cardenal, una de las dos figuras cumbres de la poesía latinoamericana y lo creemos más universal. Lo que es una afirmación y no un juicio de valor Encaramado en sus noventa y un años, todavía sigue produciendo antipoesía, que es lo mismo que decir que sigue fustigando y destruyendo a los clichés y lugares comunes que se tienden a anidar en todo lenguaje cotidiano o especializado, en toda institución, en toda o declaración de valores, en parte por el uso natural, después de todo el lenguaje es repetitivo, si no le sería imposible comunicar.

Pero la repetición crea el hábito, y de ambos brotan los lugares comunes. En cuyo uso y difusión juega un papel también la flojera de los usuarios, la "pereza mental" como decía uno de mis profesores en la primaria. Además es evidente que la serpiente del engaño y la manipulación se esconde en la manzana de los slogans, consignas, frases hechas, lemas, lugares comunes, clichés, etc., que nos llegan desde instituciones y cofradías de todos los pelajes, a veces con la mejor intención, pero también gracias a los malos oficios orwelianos de partes interesadas que pretenden deslumbrarnos con las ventajas que nos lloverán del cielo si nos portamos bien, o que quisieran convencernos de que el odio es amor, que la guerra es paz, etc.. de ahí que la perspectiva corrosiva, pero a la vez humorística que aporta la antipoesía de Nicanor Parra sea siempre saludable, ya que es como un ácido lanzado al rostro del demonio de la manipulación y la repetición automática que benefician a los desconocidos de siempre.

La antipoesía de Nicanor Parra toma cuerpo ya definitivo en Poemas y antipoemas, publicado en 1954, que es un libro de versificación bastante tradicional. Pero la composición llamada antipoema no se diferencia por una métrica específica, ya que teóricamente puede ser desde una palabra hasta un poema en prosa, además que un estilo definido, tradicional y fijo iría en contra de su carácter de anti. Este tipo de poesía surgió como antídoto o antítesis contra el dramatismo y la hinchazón gutural del modernismo dariano todavía persistente y el surrealismo tardío en Chile, contra la preeminencia en parte importante de la poesía chilena de lo que en alguna ocasión Parra llamó ‘metaforones’. Contando con el uso del lenguaje coloquial como uno de sus elementos principales, la imagen que desprendemos de la voz que subyace a la emisión del antipoema—ya que siempre el lector se inventa a un autor que está como detrás de lo que lee— es un individuo antiheroico y escéptico, lleno de sarcasmo, ironía y parodia, pero no desprovisto de humor y hasta ternura. Esa voz que nos habla como lectores o escuchas es la de un personaje común y corriente, pero ésa es una trampa, ya que el lenguaje sencillo, directo y cotidiano esconde una mirada aguda o una conciencia potente que desarma el sistema de significados que nos entrega el lenguaje y expone sus puntos débiles, los mecanismos a través de los cuales nos engaña. Así, esta voz poética convierte el lenguaje coloquial en una potente arma contra las convenciones expresivas y discursivas que forman el entramado mismo del habla de todos los días.

En su momento, y vaya a modo de anécdota, mi posición poética se inscribía dentro de un contexto que la hacía aparecer como antiparriana, pese a ser el único que usaba elementos coloquiales en mi grupo, conocido como la Escuela de Santiago y que apareció con textos y manifiestos en la antología 33 nombres claves de la actual poesía chilena en 1968. Un miembro del grupo comentó en una entrevista que nos hicieron por televisión que leer a Parra era como leer el Condorito, nombre de una popular tira cómica chilena. Cuando salió la antología mencionada, Nicanor Parra, bastante molesto por la selección de autores y quizás con razón, habló de hacer un antipoema con el título de la misma, cuyos 33 versos repetirían hacia abajo los nombres de los miembros de la Escuela de Santiago, que junto a otros habían participado en la edición del libro. Pero con el tiempo, la antipoesía y lo antipoético se han incorporado al sustrato de base de la lectura y la práctica poéticas. Ya es mucho más difícil entregarse por ejemplo a la grandilocuencia dramática de períodos anteriores sin que por lo menos alguien del público bostece o se ría. Es difícil concebir otra innovación poética que se haya incorporado más plenamente al estrato cultural, lingüístico y literario de una lengua. La antipoesía de ha convertido en componente casi obligado de toda gran poesía en español.

Pero aún se nota la voz del maestro. Se puede discutir la novedad de lo que nos entregó, como se puede debatir sobre la de un Andy Wharhol, que en su momento exploró, destacó y popularizó elementos de la ‘cultura popular’ contemporánea y los llevó a lo supuestamente artístico, definido de algún modo por su presencia en museos, galerías etc., o de Marcel Duchamp, que jugaba con el equívoco de la consistencia, peso y apariencia de las entidades objetivas. Como en el caso de Parra, había antecedentes, eso se hacía, pero tenía que llegar una mentalidad que asumiera la productividad plena de esa nueva perspectiva y la profundizara. Elementos de la antipoesía se han encontrado en el peculiar humor sureño que forma parte de la vida y formación del poeta, en la poesía anglosajona que frecuentó en Estados Unidos, donde viaja por primera vez en 1943, o en sus extensas lecturas, se lo ha vinculado a EE Cummings y se pueden ver a veces atisbos de Limerick en los antipoemas.

La antipoesía supone adoptar una distancia respecto al lenguaje y sus significaciones, y frente a la carga ideológica que anida en el mismo. Así, el antipoeta ideal debe estar muy familiarizado con el idioma que usa y debe ser capaz de gozarlo, para poder ejercitar el humor, la parodia y la ironía. A la vez debe adoptar una actitud de desconfianza o rechazo frente a las trampitas, de ahí que es muy difícil que alguien convencido de un estado de cosas existente pueda ser antipoeta, pero quizás sí alguien que lo enfrente desde una utopía social y humana, desde la cual podrán aparecer todos los aspectos grotescos de un sistema y la jerga que lo vehiculiza. Podemos decir que todavía, en su casa de las Cruces, ese poeta cumbre destila su corrosiva y humorística antipoesía, que se despliega en ese hogar-museo en las numerosas instalaciones que son testimonio de su enorme productividad y vitalidad.

Ottawa, 2005

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