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PANC
Publicado: Sábado, 13 de septiembre de 2003

Umschlagplatzen*


A raíz de los diversos actos mundiales dedicados al recuerdo y no olvido, de los treinta años de la tragedia ocasionada por el Golpe De Estado del Homosaurio en nuestro país, te envio un pequeño escrito que empecé a redactar a comienzos de los años 80, cuando viajaba en un vagón del antiguo metro de Estocolmo. Mi soledad la paleába con lápiz y papel y escribía en cualquier oportunidad que se me presentába. Esto que te envío, lo terminé de escribir a finales de los años 90. Es decir, me demoré más de 10 años en escribir dos míseras páginas que resumen, tal vez, el sufrimiento de todo un pueblo! Y es lo único que he escrito, de lo cual no he borrado ni una coma...
Un solidario abrazo!
Guillermo

Ilustración: Matilda K. Gutiérrez
Alineados, unos al lado de otros, esperamos con tensión, que suceda algo que incline la balanza a nuestro favor. Pero qué puede ser, si ya todo esta perdido? Parado casi al medio de una de las filas, tengo un campo de visión relativamente amplio, lo cual me permite tener una cierta ventaja en caso de peligro, creo yo. El unico problema es que no sabemos con certeza por dónde aparecera la cizaña de la muerte que cegara nuestras vidas.

Con los torsos desnudos y solamente un ligero pantalón de tela delgada cubriendo nuestras extremidades, ofrecemos un cuadro extraño aunque también admirable. A lo mejor es la muerte la que ya nos ha retozado con su invisible pincel de fina telaraña, haciéndo resaltar la belleza interior y física de cada uno de nosotros. Viajeros sin vuelta y perdedores históricos de batallas sin armas y consignas por doquier.

El vaho de nuestros alientos se alza por sobre nuestras cabezas diluyéndose en la noche tibia y sin luna, que nos contempla desde arriba, tal vez con tristeza, tal vez con resignación. Lo que ve no es nada nuevo para ella. Tiranos y tiranillos la han usado siempre para ocultar lo que a la luz del astro sol no se atreven reconocer. Qué mala suerte, hermana noche, que te haya tocado a ti el privilegio innoble de ser sinónimo de lúgubres y siniestras historias. Cuando tu fin no es más que el descanso dulce del inocente sueño de un niño y la paz que ofrece tu silencio reconfortante.

Los reflectores instalados en aquél terréno vacío, telón de fondo del término de nuestras vidas, golpean nuestros agitados pechos con sus poderosas luces haciéndolo todo irreal. Un leve rocío hace brillar nuestros cuerpos que ahora parecen estatuas metálicas de color azulado y, haciendo resaltar cada contorno de nuestra piel, nos da un aspecto majestuoso y divino. Pienso estúpidamente que tal vez vale la pena morir así, rodeado de esa magnífica y bella aureóla funeraria, en medio de la noche tibia y agradable. Mostrándole a nuestros verdugos, toda la intensidad de nuestra última energia concentrada en nuestros más íntimos pensamientos. De los cuales ellos ya no son parte. Sólo deben apuntar y disparar. Y eso lo puede hacer cualquiera. Sin siquiera sospecharlo, nos estan ofreciendo el privilegio de ser, humanamente, mucho más grandes que ellos, al ofrecernos éste instánte supremo de retrospección interna.

Dónde estará el Dios ese del que muchos hablan?, se me ocurre pensar y una ligera sonrisa irónica se dibuja en mi rostro. Cómo adivinando mi curiosidad ingénua y sin razón, el que está a mi izquierda, me rosa suavemente el dorso de la mano con su dedo meñique y presiento que algo me va a decir. Y agudizo mis sentidos para que su voz no la escuche más que yo. No existe, me dice. Ese Dios del que muchos hablan no existe. Apruebo levemente con mi cabeza y le digo tan despacio que apenas logro escuchar mi voz, ya lo sé. Fué solamente un mensaje irónico enviado al mundo de los creyentes. Algo asi como una carta a la deriva dentro de una botella de cristal. Por eso la recibí yo, me dice y guardo silencio. Tienes miedo, me pregunta y cuando quiero contestarle noto que mi voz tiembla y que de mis ojos corren dos lágrimas saladas que quedan colgándo de mi mandíbula. No. No tengo miedo, pero siento como si toda la tristeza del mundo se hubiese concentrado en mí. Dejé tantas cosas sin hacer, agrego, y mis pensamientos vuelan sin fronteras y se van a perder por allá lejos. Dan una vuelta por mi niñez, pasan por el cuerpo suave, excitado y tenso de la primera niña con la que hice el amor y llegan de vuelta cargados de dulce melancolía. Se me hace muy difícil aceptar que voy a dejar de existir. Asi, sin más ni más, le digo. Espero respuesta, pero ya no hay contacto con él. Tal vez también se fue de viaje, montado en sus recuerdos, pienso y lamento el haber perdido la comunicación con él.

No sé exactamente cuantos somos, aunque qué importancia puede tener. Una cifra no es más que un número escrito en un papel. Sabrá alguien lo que van a hacer con nosotros, lo que está a punto de suceder en este perdido pedazo del planeta. Y a nuestros verdugos, quién les otorgó el derecho a decidir sobre la vida o la muerte?. Los que tienen el Poder. Son ellos los que deciden. Es nuevamente el de mi izquierda quién me responde y ya no me sorprende que se introduzca en mis pensamientos. Adónde andabas, le pregunto. Salí a despedirme, me dice y noto con un poco de asombro que su voz también está resquebrajada por un contenido llanto y, sin mirarlo, veo otro par de lágrimas que van a enjuagar la tierra blanda que estamos pisando.

Desde el tiempo, cruzando océanos y montañas, historia y decénios escucho una nueva voz que me susurra al oido, no tengas miedo, todos tenemos que morir, y se muere solo una vez (...) Y moriremos juntos, asi que no tengas miedo, no será tan terrible (...) es la voz de la madre de Halina Birembaum, sobreviviente del exterminio judio quién le habla a su hija, consolándola en el patio de espera de la muerte en el ghetto de Varsovia. Su bálsamo inmortal invadió mi cuerpo de una extraña resignación, cuando me di cuenta que no estamos solos y que a lo mejor, algún dia, alguien recordará nuestro sufrimiento y eso es ya un pequeño triunfo.

Situada frente a nosotros, han instalado una ametralladora que nos apunta con su bocaza negra. Todos estamos concientes de lo que eso significa, pero nadie se atreve a protestar. Un angustiante y tenso silencio se deja caer, pero al menos yo, ya estoy preparado. La madre de Halina está conmigo. Su aliento frio entibia mi nuca y pienso que, tal vez, cada uno de nosotros ha recibido la visita de un fantasma del pasado que nos viene a consolar. El mio está aquí, me dice el de la izquierda, es un ex-condenádo a la cámara de gas y estuvo esperando la muerte un montón de años. Qué te dijo, le pregunto. Que tenga valor, que todo es muy rápido. Cómo se llama. No lo sé. No me lo quizo decir.

Volvemos a guardar silencio y hasta siento algo de alegría e impaciencia por encontrarme cara a cara con la muerte. Alguien tose y mis pensamientos quedan como destrozados, colgándo en el aire. Pequeñas perlas de sudor empiezan a bañar mi frente y sin poderlo explicar espero a la muerte sin temor. Nuestros verdugos han perdido, la victoria es nuestra.

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(*) Lugar donde los nazis concentraban a los judios que iban a ser enviados a campos de exterminios. Verdaderas antesalas de la muerte que a menudo estaban situadas en las afueras de las estaciones de tren.

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